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Por Jorge Yunis Manzanares
Columna:

Jorge Yunis Manzanares

Sin patear el pesebre

Sin patear el pesebre

2025-03-13 | 12:39 p.m.
Sin patear el pesebre
Diario del IstmoDiario del Istmo

Precedida por las trompetas que sonaban con tal fuerza que la gente de la ciudad se arrodillaba rezando por el alma de la que iba a morír.  La bellísima joven era conducida en  una carreta  hasta el cadalso donde se encontraba el verdugo  y su  mujer la verduga quien tenia entre sus manos unas afiladas tijeras.   Una compañía de Arqueros  rodeaba  la carreta, atrás  una gran muchedumbre de artesanos, panaderos, carniceros  y albañiles  esperaban el espectáculo de la justicia.   El cortejo se detuvo en la Plaza Morimont,  ahí el cadalso   de madera se alzaba sobre  unas gradas de piedra.  La bella mujer fue llevada, y sus cabellos cortados por la verduga que blandia solaz la oxidada  tijera.  

El verdugo, pálido, débil y presa de un  ataque febril, se dirigió al público, pidiendo perdón por su estado. Tambaleante Simón Grandjean alzó los brazos y  trastabillando  dejó caer el filo del hacha, horrorizando a la muchedumbre que vio el brazo de la mujer  caer por un lado,  en un segundo intento el hacha pego al lado del cuello niveo logrando herir a la mujer, las piedras del público cayeron sobre el verdugo.  La verduga una mujer terrible, tomó las tijeras en malogrados intentos por atravesar la garganta de la condenada. La muchedumbre enardecida arrastró por las calles de la ciudad a la pareja de ejecutores,  asomando en una rendija de comprension la simpatía del populacho por la mujer, ahora víctima.

Almas caritativas de entre la muchedumbre llevaron a la desguanzada mujer hasta la barberia del cirujano, quien  logró por Milagro salvar provisionalmente la vida de la desafortunada, quien tendría que ser ejecutada por mandato del tribunal del rey.  Un abogado de nombre Fevret redacto una petición que fue firmada por varios notables y llevada ante el rey,  quien sólo por que celebraba las bodas de Henrriete Mariet de Francia, fue que accedió a perdonar la vida de la pobre muchacha. 

Cuentan las crónicas que Hellen Gillet devuelta a la vida, se retiro a un convento de la Bresse, donde practico hasta su muerte una piedad sin mácula.  El delito que estuvo a punto de pagar con la muerte, fue por practicar un aborto en la francia del siglo, XVII.  

La pena de muerte por donde se le vea, pone a los hombres a la par de las bestias.


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